El mundo de las citas

cita 1

¡Hola amigas virtuales!

Ya hace un tiempo que me presento como “soy sola”. Soy sola, en mi caso, significa “no estoy en pareja” (después tengo familia, perros, amigas, vecinos, más amigas). Con el corte de mi ex pareja, vino el mundo de las citas. Y me gusta llamarlo así porque de eso se trata: es como todo un mundo aparte, con sus reglas (las no reglas también aplican como reglas), con sus dramas, con sus enredadas, con sus alegrías. Estoy por tener una cita, y me pareció divertido hablar sobre este mundillo antes de vestirme. maquillarme, estresarme un poco, y salir.

Tener citas me genera emociones contrarias. Por un lado, me parece un situación divertida que te ofrece la posibilidad de conocer a alguien y el mundo de ese alguien de tal modo que, si estás dispuesta, te abre la mente. Por otro lado, me resulta un tanto “fiaca” (no me atrevo a llamarlo estrés) el hecho de, por enésima vez, abrirte a la posibilidad de conocer a alguien, de ver si te gusta, de saber si le gustas, si hay onda, etc, etc y más etc.

Empezamos por lo primero. Producirse para la cita. ¡UF! (ya empezamos con el UF). Una vez más, por un lado no es tanto problema porque, si salís por primera vez, podes repetir algún vestuario que ya hayas usado, con el que te sientas cómoda, te guste como te queda y la cita en cuestión no lo haya visto (claramente). Pero, por el otro lado, generalmente no existe esa cosa de sentirte relajada, sin tanto rollo, tranquila porque “total ya me conoce” (tal como cuando son pareja, y a veces no tanto)… siempre hay una cuota de estrés o nervios. Nos probamos la ropa mil veces, y caminamos frente al espejo, y posamos, y nunca falta sacarnos la foto para mandársela a aquella amiga que nos va a decir la posta (y ¡dios! si nos dice que no le copa mucho… ahí sí, ESTRÉS). DATO DE COLOR: aún con el vestuario ya conocido podemos JUUUUUSTO estar en ese día en el que “no nos gusta y nos vemos horribles de cualquier forma, con cualquier cosa y de cualquier modo”.

Cuando ya nos decidimos, y ya nos quedamos vestidas (nos guste o no), viene la segunda parte de la cita y es “llega la (valga la redundancia) cita”. En la era de la modernidad, generalmente acostumbramos a pedir que nos mande un mensaje cuando está abajo. O al menos yo me manejo así. No se porqué pero me relaja más. Aparece ese mensaje, y entonces solemos hacer algo de tiempo como para no parecer que ya estábamos re listas para la ocasión. Hacernos esperar se llama. La caminata del ascensor a la puerta de entrada… ¡HORROR! Está claro que nos está observando, mirando de arriba a abajo, y dando su opinión (a él mismo claro está) de cómo lucimos nosotras. Todo eso y nosotras teniendo que desfilar ese camino ¡UF!

Ocurre que nos encontramos y viene el HOLA más incómodo del mundo. Con una especie de risa nerviosa, y generalmente el chico más serio pero un “serio de nervios”. Y nos sentamos en el asiento de acompañante, y ¡comienza el show! Primera parte del acontecimiento: dónde ir. No saber si proponer, qué proponer porque no conocemos los gustos, para dónde partir, nunca queda claro si las partes cenaron antes o van a cenar juntos (suele terminar con que toman un par de tragos, no comen nada, y se están muriendo del hambre), qué hacer. Comienzan las risas incómodas, las palabras sin sentido para llenar el aire de ruidos, y gestos, muchos gestos.

Finalmente, se decide el destino. Y ahí ya todo empieza a relajar un poco. Música, primeros comentarios (al principio nimios, superficiales, de nada en particular diría yo), algunas risas. Cuando nos sentamos en la mesa, de nuevo nos encontramos con un momento “raro”. Primer “face to face”. Comienza a ser una situación un tanto más intimidante porque ambos estamos más atentos al otro y no podemos escapar de la situación. Sí o sí ordenar trago, vino, o lo que sea que elijan tomar. Siempre descontractura, es clave.

Y rogamos para que no hayan silencios incómodos… que está claro que van a haber porque siempre hay momentos que no sabemos que decir incluso con la mayor confianza que tengamos con la persona. Y rogamos que no haya ningún tipo de situación avergonzante. Y cuando cenamos rogamos que no nos quede nada en los dientes, motivo por el cual en ciertos momentos empezamos a hablar como si tuviéramos papa en la boca para que los dientes no se vean en lo posible. Y rogamos que nos guste, y rogamos que le interese lo que le cuento,  y ETC en situaciones que rogamos.

Pero sí o sí lo que se lleva el gran premio para decir “fiaca una cita” es la despedida y ese tremendo momento en donde nos preguntamos “¿me va a besar o no? ¿cómo lo saludo? ¿da que le de un beso? ¿quiero que me de un beso? AYYYYY… hasta que pasa una cosa o la otra, y nos bajamos del auto, y volvemos a nuestro eje y volvemos a ser una misma. Nos relajamos. Ya la segunda cita es mucho mejor, la disfrutamos más, somos más naturales. Y todo, por ende, sale mejor.

Tiene sus contras, seguro. Pero ¿no está bueno tener una cita? Es adrenalina pura!! A disfrutar! o a disfrutar yo ahora!! Deséenme suerte!!

P.

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