La vulnerabilidad del amor

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En la experiencia de amar hay una entrega. Una entrega profunda, intensa, total. Una entrega que, de tan enérgica, nos vuelve frágiles. Vulnerables. Y, como me gusta llamarlo, vulnerables al amor. Al amor que nos puede dar un otro, y de repente, así sin más, quitárnoslo. El desgarro de no ser queridos en reciprocidad. El desgarro de no seguir siendo elegidos. El sentirnos, en cierto modo, quebrados. O vacíos. O sin nada. La vulnerabilidad al amor, como la llamo yo.

Miedo a no tener el control. Miedo a no tener el manejo de la situación. Miedo a no saber qué va a pasar. Miedo a la incertidumbre. Miedo a esta vulnerabilidad. Miedo que, muchas veces, lleva a evitar la experiencia de amar. Tal vez no a un nivel conocido por nosotros. Pero sí a un nivel tácito. ¿Cómo funciona este nivel? A partir de programas que tenemos instalados y próximos a activarse frente a determinadas situaciones que los involucran. Programas construidos a partir de experiencias tempranas, y experiencias posteriores que corroboran las primeras. Programas que tenemos que re programar. O conocer. Y conociéndolos, identificándolos, poder controlarlos. Y, así, “re-chipear” nuestro sistema.

Entonces vemos que elegimos un determinado perfil de chico, nos enganchamos de la persona que no se engancha con nosotras, buscamos excusas para que no nos guste el que nos elige, nos volvemos pretenciosas. Nos boicoteamos. Porque es la manera más fácil de salir “airosas”, sin posibilidad de angustia, ni sufrimiento. Por evitar sufrir, evitamos la más linda experiencia que es la de amar.

Creo que dramatizamos el vínculo de pareja. Lo pensamos en un nivel distinto que otros vínculos. Por ello, el sufrimiento va a ocurrir y va a ser terrible. “En el vínculo de pareja nos pueden lastimar”. “En el vínculo de pareja nos pueden dejar”. “En el vínculo de pareja estamos todo el tiempo jugando con el dolor, el abandono, el rechazo”.¿Y quién dijo que el vínculo de pareja es distinto a otros vínculos? ¿Quién dijo que en un vínculo de amistad no sufrimos, o no estamos expuestos a la posibilidad de sufrir?

Es verdad que compartimos desde un lugar distinto, y nos entregamos en cuerpo y alma. Pero es un vínculo como cualquier otro, donde pueden pasar cosas, pero donde también podemos salir fortalecidos y con aprendizajes nuevos y distintos. Es verdad. Amar es ser vulnerable. Es darle la posibilidad a un otro de lastimarnos. Es sentirnos frágiles pero fuertes al mismo tiempo. Es la máxima felicidad, y tal vez la más dura realidad. Pero vale la pena vivirlo. Si hay que sufrir, que sea por amor.

Creo que, de cualquier lado por donde lo mires, la experiencia de amar es linda, es gratificante, es amplia, es almática, es esencial. Y creo que, mires por donde lo mires, vale la pena amar y ser amado. Entregarse a un otro. Abrirse a un otro. Y dejarse llevar.

No te cierres más. Abrí las alas. Abrazá al otro. Da oportunidades porque vas a estar dándoTE oportunidades. AMEMOS que no hay nada más lindo que eso.

Hoy leí: AMAR ES LIBERTAD. Y es tal cual.

Las relaciones hoy.

Relaciones

La era de lo efímero, de lo rápido, de lo fácil. La pareja no entra dentro de los planes, el compromiso “cuanto más lejos mejor”, y la idea de “seducir, conquistar, cortejar” al otro queda desplazada por “la diversión de un momento”. Una semana estás, la otra semana “si te he visto no me acuerdo”. Donde la perdurabilidad, aburre. Y todo se hace aún más difícil cuando cada vez hay más apps que te ayudan a conocer personas (efímeras) que rápidamente pueden descartarse y reemplazarse.

Vivimos en una era online. El whatsapp reemplazó, casi, hasta el encuentro. Y el encuentro no es más que un: ¿tu casa o la mía? Me pregunto todos los días: ¿donde quedó el que te pasen a buscar, te lleven a un bar? ¿no está mas de moda el charlar, conocerse y divertirse? Durante mucho tiempo intenté comprenderlo, encontrarle una explicación. Hoy ya no busco entender, simplemente me acomodo y trato de fluir. Pero cuesta, bastante.

Hace poco hablaba con un chico sobre toda esta situación, creo yo para escuchar (una vez más) un punto de vista, qué opina, cómo ve todo esto. (Una vez más) tratando de “comprender lo incomprensible”. El tema puntual refería a por qué esta cosa de hoy si, y mañana ya no. Por qué este descarte tan fugaz, tan impulsivo me atrevería a decir. A lo que me responde: “bueno, pero uno da señales”. Estas señales eran “hablar menos, responder raro” (?????). Ambigüedad pura. Las cosas claras amigos. Ya estamos grandes. Porque esto es lo más extraño: la generación de los 30 en adelante huye del compromiso.

¿Creen que el compromiso ata? ¿Creen que amar es sufrir? ¿Creen que no es divertido? Creencias y más creencias, por las dudas me escapo de lo lindo de compartir con un otro. Me escapo de la compañía de alguien que puede iluminar momentos. Todo es tanto más simple. Coherencia. Falta ser coherente con lo que se quiere, ser claro con el otro y dar la libertad de aceptar las reglas del juego o no. De esa manera, todo ganamos.

La era de la diversión. La era del “cero drama”. La era de “no me la compliques”. Y bueno, así estamos todos. Sin saber qué hacer.

P.

Pongamos que hablo del Amor

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Hola chicas!

Quiero compartir con ustedes una situación que viví hace unos días, y que me resulta interesante de contar. Un miércoles de hace muy poquito tiempo tuve una cita con un chico que ya conocía por tener gente en común pero, por supuesto, nunca habíamos estado solos en plan “conocernos”. La salida consistió en algo muy relajado: cenar y tomar unos tragos. La verdad que estuvo muy divertida la situación, y de alguna manera me sentía como muy relajada y en confianza… incluso hablando de “cosas” que movilizaron algún “no se qué”.

En medio de la charla, el chico en cuestión me lanza una pregunta que me deja casi que sin palabras. No es una pregunta que suele hacerse en una primera cita, pero me pareció, al mismo tiempo, interesante hablar sobre ello. Yendo al grano me preguntó “QUÉ  ES EL AMOR” (???????). Me quedé helada. Más que nada por darme cuenta que tal vez nunca en mi vida me había hecho plena y conscientemente esa pregunta, y que tal vez no sabría responderla.

Pero sí, le respondí (por supuesto casi sin mirarlo a los ojos de lo intimidada que me sentía, gesticulando mucho como suelo hacer cuando me pongo algo nerviosa… gracias que estaba enfrente de alguien en plan “conocernos”). Le respondí porque es una pregunta que aunque no la hagamos siempre, ó casi nunca, llevamos la respuesta en la esencia del alma. Y esto se debe a que somos amor, esparcimos amor, y por el amor vivimos.

El amor es: dos almas que deciden caminar juntas a la par. Es decir, “yo tengo mi vida, mi espacio, mi lugar. Vos tenes tu vida, tu espacio, tu lugar. Pero queremos compartirnos esa vida mutuamente, y caminar juntos en pos de un proyecto en común”. Hay libertad, hay vuelo. Nos dejamos ser. Es fundamental la libertad, el compartir y el proyecto en común. Sin eso: no hay amor. Mi cita estuvo de acuerdo. Y aquí se me viene a la cabeza un texto de un libro que me pareció hermoso y que se llama “Perdona si te llamo amor” (Federico Moccia, recomiendo), y dice así: “¿por qué no te quedas conmigo esta noche en vez de irte a la discoteca con amigas? Y comprender que tal vez amar es otra cosa. Es sentirse ligeros y libres. Es saber que no pretendes apropiarte del corazón del otro, que no es tuyo, que no te toca por contrato. Debes merecerlo cada día”. Bellísimo.

Este chico estaba bastante filosófico, y también quiso hablar de CÓMO SE VIVE EL AMOR Y LA SEXUALIDAD. ¿Son dos cosas indivisibles una de la otra? ¿Amar implica no gozar la sexualidad con un otro? De algún modo, el separaba estos dos conceptos. Y yo considero que no hay nada más lindo que el sexo con amor. Hacer el amor. Que amar a alguien no implica que nunca más nadie te va a resultar atractivo (los ojos están para ver). Implica que, aún pasando eso, nos seguimos eligiendo uno al otro. Trascender esos desafíos. Mi cita retruca: “¿quiere decir que hay que reprimir un deseo?”. Y una vez más, me quedé pensando. Le conté dos experiencias personales: resumidamente, con un gran amor jamás tuve ganas de estar con otra persona (aún cuando tal vez consideraba que se lo merecía un poquito) y con otro no gran amor las cosas terminaron porque apareció un otro en mi vida que me hizo replantear mi situación amorosa actual. Entonces, mi respuesta fue que no sé si es cuestión de reprimir un deseo. Es más bien cuestión de elección. Hoy agrego que también es reprimir un deseo, porque en la vida, a veces, hay que reprimir. Es la ley de la naturaleza. Es la ley de la vida.

Hoy estuvimos profundas pero me pareció súper lindo poder compartir estas reflexiones, y me gustaría que si ustedes quieren agregar algo, decir su opinión, hacer comentarios, todos son bienvenidos. Porque nos ayuda a abrir nuestra caja negra.

Hasta la próxima,

P.

AmarTE duele

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Título intenso si los hay. En contadas oportunidades me digo a mí misma, y digo a los demás, que me persigue un “karma amoroso”. Me parece que es como la mejor forma de explicar lo que siento cada vez que conozco a alguien, y tropiezo una vez más en una decepción amorosa (ojo, esto no quiere decir que me enamoro de todos, y todos me rechazan… hablo de decepción amorosa en el sentido de no poder llegar un poquito más, o porque no es LA persona, o porque simplemente la cosa no avanza). Y me pregunto ¿puede ser tan complicado? ¿nací en la generación equivocada? ¿qué pasa con los malditos hombres? De algún modo, no me hago cargo de mi parte, de mis elecciones, de mi forma, de mi responsabilidad. Porque convengamos que cada relación SIEMPRE es un 50 y un 50. Pero bueno, por supuesto siempre es más fácil pasar la pelota para el otro lado, y lavarnos un poquito las manos.

Me pasa que tengo días donde no me importa, no me analizo, no busco explicaciones. Me pasa que tengo otros días donde trato de entender por qué ocurren ciertas cosas, busco una explicación (que tal vez no hay, o no debería buscarla). Me pasa que tengo aquellos otros días donde empiezo a hablar y enseguida me quiebro y lloro: de impotencia, de bronca, de rabia, de no saber, de angustia, de “gula de lágrimas”, no sé, pero lloro. Y precisamente hoy, en un almuerzo con mi mamá (a quien adoro y mando besito) tuve ese “aquellos otros días” en el cual simplemente me puse a llorar. Y horas después, o sea, apenas antes de ponerme a escribir este post, es cuando me di cuenta, y entendí.

Entendí que amar duele, entendí que amar también es pasarla mal y sufrir. Y así entendí que en muchas oportunidades tal vez de alguna manera, y sin darme cuenta, yo boicoteé que la cosa no avance, como más arriba decía. Creo que cuando me siento involucrada con la otra persona, de alguna manera empiezo a sentir miedo. Miedo a pasarla mal, miedo a salir lastimada, miedo al rechazo, miedo a amar de más, miedo a sufrir. Y qué mejor entonces que evitar el sufrimiento evitando a la otra persona, buscando mil obstáculos, mil cosas que no me gustan, mil problemas, mil suposiciones que alimentan mis fantasmas, por ende mis dudas, por ende mis miedos, por ende mi boicoteo. Pero pienso… ¿así no estoy sufriendo también? Esto es, queriendo no sufrir, ¿no sufro igual, pero… sola?

Hay que lanzarse a la pileta aunque no sepamos si hay agua, porque ¿quien te quita esa valentía, ese coraje, ese “lo intenté”? Hay que arriesgarnos, aún sabiendo que en cada arriesgarse algo puede perderse, ó algo puede no salir como hubiéramos deseado. Hay que dar todo lo que una quiera dar, y más. Hay que hacer lo que tenemos ganas de hacer, lo que necesitamos hacer, lo que sentimos hacer. Hay que sentir hasta que la piel se estremezca. Hay que gozar, hay que vivir, hay que amar. Porque amar es la experiencia más transformadora aún sin ser correspondida. Sólo hay que saberla vivir.

Y me despido hasta un próximo post con una frase más que impecable de la talentosísima Isabel Allende: “Por la misma apertura que entra el amor se cuela el miedo. Lo que te quiero decir es que si eres capaz de amar mucho, también vas a sufrir mucho”

Nunca es tarde para cambiar, yo ya estoy en eso.

Kiss,

P.