El amor

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El amor, un gran enigma. ¿Qué es el amor? ¿Qué significa amar, estar enamorado? ¿Cómo saber que lo que siento es amor? Preguntas que, en sí mismas, no llevan una respuesta. Por el amor se siente en el cuerpo, en el alma, en lo más intrínseco de nuestro ser. Y al mismo tiempo el amor es inherente a la esencia del ser humano. Del amor brota todo, y el amor abarca todo. De ahí que considere que San Valentín encierra más que un amor de pareja. San Valentín debe ser celebrado por todos porque sin amor no hay vida, y eso celebramos este día. “El amor no es algo que inventamos. El amor es lo único que trasciende las dimensiones del tiempo y el espacio. Debe significar algo”. 

El amor le da significado a todas las cosas, y a todas las personas. Nos sentimos uno con el mundo. Hay unicidad. El amor nos hace sentir vivos. Lo respiramos, lo transpiramos. Es una llama que hay que mantener encendida porque es el motor de la vida. Pero empieza por uno. Hay que amarnos para amar. Hay que estar enamorados de uno mismo para poder estar enamorados de otros.

Y eso, tal vez, es lo más difícil. Me atrevo a decir que muy pocas personas se aceptan y se aprueban tal como son. Con su sombras y sus luces. Porque amor es aceptación. Van juntos. Uno es lo otro. Si no aceptamos, no podemos amar. Si nos enojamos con las sombras de uno, con las sombras del otro, entonces entramos en conflicto y no hay amor.

Trabajemos en nuestra aceptación. Y el amor fluye. Y vivimos en estado de amor. Como siempre le digo a mis pacientes: “tenemos en nuestro poder la posibilidad de ver con anteojos rosas, con anteojos negros o anteojos grises. El punto no es ver todo color de rosa ni todo negro, el punto es ver los grises en nuestra vida, en nuestro ser, y en los demás”.

Y ahí está el secreto para saber lo que es el amor, saber si nos sentimos enamorados. Porque simplemente lo sabemos. Simplemente es. Simplemente está ahí.

P.

 

 

 

La vulnerabilidad del amor

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En la experiencia de amar hay una entrega. Una entrega profunda, intensa, total. Una entrega que, de tan enérgica, nos vuelve frágiles. Vulnerables. Y, como me gusta llamarlo, vulnerables al amor. Al amor que nos puede dar un otro, y de repente, así sin más, quitárnoslo. El desgarro de no ser queridos en reciprocidad. El desgarro de no seguir siendo elegidos. El sentirnos, en cierto modo, quebrados. O vacíos. O sin nada. La vulnerabilidad al amor, como la llamo yo.

Miedo a no tener el control. Miedo a no tener el manejo de la situación. Miedo a no saber qué va a pasar. Miedo a la incertidumbre. Miedo a esta vulnerabilidad. Miedo que, muchas veces, lleva a evitar la experiencia de amar. Tal vez no a un nivel conocido por nosotros. Pero sí a un nivel tácito. ¿Cómo funciona este nivel? A partir de programas que tenemos instalados y próximos a activarse frente a determinadas situaciones que los involucran. Programas construidos a partir de experiencias tempranas, y experiencias posteriores que corroboran las primeras. Programas que tenemos que re programar. O conocer. Y conociéndolos, identificándolos, poder controlarlos. Y, así, “re-chipear” nuestro sistema.

Entonces vemos que elegimos un determinado perfil de chico, nos enganchamos de la persona que no se engancha con nosotras, buscamos excusas para que no nos guste el que nos elige, nos volvemos pretenciosas. Nos boicoteamos. Porque es la manera más fácil de salir “airosas”, sin posibilidad de angustia, ni sufrimiento. Por evitar sufrir, evitamos la más linda experiencia que es la de amar.

Creo que dramatizamos el vínculo de pareja. Lo pensamos en un nivel distinto que otros vínculos. Por ello, el sufrimiento va a ocurrir y va a ser terrible. “En el vínculo de pareja nos pueden lastimar”. “En el vínculo de pareja nos pueden dejar”. “En el vínculo de pareja estamos todo el tiempo jugando con el dolor, el abandono, el rechazo”.¿Y quién dijo que el vínculo de pareja es distinto a otros vínculos? ¿Quién dijo que en un vínculo de amistad no sufrimos, o no estamos expuestos a la posibilidad de sufrir?

Es verdad que compartimos desde un lugar distinto, y nos entregamos en cuerpo y alma. Pero es un vínculo como cualquier otro, donde pueden pasar cosas, pero donde también podemos salir fortalecidos y con aprendizajes nuevos y distintos. Es verdad. Amar es ser vulnerable. Es darle la posibilidad a un otro de lastimarnos. Es sentirnos frágiles pero fuertes al mismo tiempo. Es la máxima felicidad, y tal vez la más dura realidad. Pero vale la pena vivirlo. Si hay que sufrir, que sea por amor.

Creo que, de cualquier lado por donde lo mires, la experiencia de amar es linda, es gratificante, es amplia, es almática, es esencial. Y creo que, mires por donde lo mires, vale la pena amar y ser amado. Entregarse a un otro. Abrirse a un otro. Y dejarse llevar.

No te cierres más. Abrí las alas. Abrazá al otro. Da oportunidades porque vas a estar dándoTE oportunidades. AMEMOS que no hay nada más lindo que eso.

Hoy leí: AMAR ES LIBERTAD. Y es tal cual.

Pongamos que hablo del Amor

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Hola chicas!

Quiero compartir con ustedes una situación que viví hace unos días, y que me resulta interesante de contar. Un miércoles de hace muy poquito tiempo tuve una cita con un chico que ya conocía por tener gente en común pero, por supuesto, nunca habíamos estado solos en plan “conocernos”. La salida consistió en algo muy relajado: cenar y tomar unos tragos. La verdad que estuvo muy divertida la situación, y de alguna manera me sentía como muy relajada y en confianza… incluso hablando de “cosas” que movilizaron algún “no se qué”.

En medio de la charla, el chico en cuestión me lanza una pregunta que me deja casi que sin palabras. No es una pregunta que suele hacerse en una primera cita, pero me pareció, al mismo tiempo, interesante hablar sobre ello. Yendo al grano me preguntó “QUÉ  ES EL AMOR” (???????). Me quedé helada. Más que nada por darme cuenta que tal vez nunca en mi vida me había hecho plena y conscientemente esa pregunta, y que tal vez no sabría responderla.

Pero sí, le respondí (por supuesto casi sin mirarlo a los ojos de lo intimidada que me sentía, gesticulando mucho como suelo hacer cuando me pongo algo nerviosa… gracias que estaba enfrente de alguien en plan “conocernos”). Le respondí porque es una pregunta que aunque no la hagamos siempre, ó casi nunca, llevamos la respuesta en la esencia del alma. Y esto se debe a que somos amor, esparcimos amor, y por el amor vivimos.

El amor es: dos almas que deciden caminar juntas a la par. Es decir, “yo tengo mi vida, mi espacio, mi lugar. Vos tenes tu vida, tu espacio, tu lugar. Pero queremos compartirnos esa vida mutuamente, y caminar juntos en pos de un proyecto en común”. Hay libertad, hay vuelo. Nos dejamos ser. Es fundamental la libertad, el compartir y el proyecto en común. Sin eso: no hay amor. Mi cita estuvo de acuerdo. Y aquí se me viene a la cabeza un texto de un libro que me pareció hermoso y que se llama “Perdona si te llamo amor” (Federico Moccia, recomiendo), y dice así: “¿por qué no te quedas conmigo esta noche en vez de irte a la discoteca con amigas? Y comprender que tal vez amar es otra cosa. Es sentirse ligeros y libres. Es saber que no pretendes apropiarte del corazón del otro, que no es tuyo, que no te toca por contrato. Debes merecerlo cada día”. Bellísimo.

Este chico estaba bastante filosófico, y también quiso hablar de CÓMO SE VIVE EL AMOR Y LA SEXUALIDAD. ¿Son dos cosas indivisibles una de la otra? ¿Amar implica no gozar la sexualidad con un otro? De algún modo, el separaba estos dos conceptos. Y yo considero que no hay nada más lindo que el sexo con amor. Hacer el amor. Que amar a alguien no implica que nunca más nadie te va a resultar atractivo (los ojos están para ver). Implica que, aún pasando eso, nos seguimos eligiendo uno al otro. Trascender esos desafíos. Mi cita retruca: “¿quiere decir que hay que reprimir un deseo?”. Y una vez más, me quedé pensando. Le conté dos experiencias personales: resumidamente, con un gran amor jamás tuve ganas de estar con otra persona (aún cuando tal vez consideraba que se lo merecía un poquito) y con otro no gran amor las cosas terminaron porque apareció un otro en mi vida que me hizo replantear mi situación amorosa actual. Entonces, mi respuesta fue que no sé si es cuestión de reprimir un deseo. Es más bien cuestión de elección. Hoy agrego que también es reprimir un deseo, porque en la vida, a veces, hay que reprimir. Es la ley de la naturaleza. Es la ley de la vida.

Hoy estuvimos profundas pero me pareció súper lindo poder compartir estas reflexiones, y me gustaría que si ustedes quieren agregar algo, decir su opinión, hacer comentarios, todos son bienvenidos. Porque nos ayuda a abrir nuestra caja negra.

Hasta la próxima,

P.

AmarTE duele

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Título intenso si los hay. En contadas oportunidades me digo a mí misma, y digo a los demás, que me persigue un “karma amoroso”. Me parece que es como la mejor forma de explicar lo que siento cada vez que conozco a alguien, y tropiezo una vez más en una decepción amorosa (ojo, esto no quiere decir que me enamoro de todos, y todos me rechazan… hablo de decepción amorosa en el sentido de no poder llegar un poquito más, o porque no es LA persona, o porque simplemente la cosa no avanza). Y me pregunto ¿puede ser tan complicado? ¿nací en la generación equivocada? ¿qué pasa con los malditos hombres? De algún modo, no me hago cargo de mi parte, de mis elecciones, de mi forma, de mi responsabilidad. Porque convengamos que cada relación SIEMPRE es un 50 y un 50. Pero bueno, por supuesto siempre es más fácil pasar la pelota para el otro lado, y lavarnos un poquito las manos.

Me pasa que tengo días donde no me importa, no me analizo, no busco explicaciones. Me pasa que tengo otros días donde trato de entender por qué ocurren ciertas cosas, busco una explicación (que tal vez no hay, o no debería buscarla). Me pasa que tengo aquellos otros días donde empiezo a hablar y enseguida me quiebro y lloro: de impotencia, de bronca, de rabia, de no saber, de angustia, de “gula de lágrimas”, no sé, pero lloro. Y precisamente hoy, en un almuerzo con mi mamá (a quien adoro y mando besito) tuve ese “aquellos otros días” en el cual simplemente me puse a llorar. Y horas después, o sea, apenas antes de ponerme a escribir este post, es cuando me di cuenta, y entendí.

Entendí que amar duele, entendí que amar también es pasarla mal y sufrir. Y así entendí que en muchas oportunidades tal vez de alguna manera, y sin darme cuenta, yo boicoteé que la cosa no avance, como más arriba decía. Creo que cuando me siento involucrada con la otra persona, de alguna manera empiezo a sentir miedo. Miedo a pasarla mal, miedo a salir lastimada, miedo al rechazo, miedo a amar de más, miedo a sufrir. Y qué mejor entonces que evitar el sufrimiento evitando a la otra persona, buscando mil obstáculos, mil cosas que no me gustan, mil problemas, mil suposiciones que alimentan mis fantasmas, por ende mis dudas, por ende mis miedos, por ende mi boicoteo. Pero pienso… ¿así no estoy sufriendo también? Esto es, queriendo no sufrir, ¿no sufro igual, pero… sola?

Hay que lanzarse a la pileta aunque no sepamos si hay agua, porque ¿quien te quita esa valentía, ese coraje, ese “lo intenté”? Hay que arriesgarnos, aún sabiendo que en cada arriesgarse algo puede perderse, ó algo puede no salir como hubiéramos deseado. Hay que dar todo lo que una quiera dar, y más. Hay que hacer lo que tenemos ganas de hacer, lo que necesitamos hacer, lo que sentimos hacer. Hay que sentir hasta que la piel se estremezca. Hay que gozar, hay que vivir, hay que amar. Porque amar es la experiencia más transformadora aún sin ser correspondida. Sólo hay que saberla vivir.

Y me despido hasta un próximo post con una frase más que impecable de la talentosísima Isabel Allende: “Por la misma apertura que entra el amor se cuela el miedo. Lo que te quiero decir es que si eres capaz de amar mucho, también vas a sufrir mucho”

Nunca es tarde para cambiar, yo ya estoy en eso.

Kiss,

P.

En el amor, ¿soy idealista?

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A veces creo serlo. A veces creo que la culpa de mis ansias de vivir un amor ideal es el haber visto tantas películas de Disney en mi infancia, tantas películas de princesas rescatadas por sus príncipes, tantas películas de amor con finales felices. Y, de alguna manera, espero vivir esos amores también. Ahora bien, ¿existe eso que nos muestran en la ficción? ¿Existe ese amor tan pasional que supera cualquier adversidad y viven felices para siempre? Muchas veces empiezo a salir con alguien, y me frustro rápidamente cuando mis expectativas empiezan a no coincidir con la realidad, con el curso de las cosas; de repente, quiero que la otra persona se vuelva loca por mí, que me busque, que quiera estar conmigo, que yo pase a ser su prioridad, que necesite de mí, que se me brinde entero… y no es lo que ocurre, por supuesto. Me pongo mal, me angustio, me frustro, me culpo. Empiezo a buscar qué cosas debo estar haciendo mal para que lo que quiero que suceda no pase, o al menos no pasa en el tiempo que yo lo espero. Y ya sabemos que a veces los tiempos que una tiene no son los tiempos reales… nos gana la ansiedad, las “ganas de”. ¿De qué? Las ganas de hacer planes con la otra persona, compartir con la otra persona, sentir una compañía en la otra persona, las ganas de proyectar juntos. Es como que en vez de vivir el momento, de disfrutar lo que hoy tengo, me anticipo constantemente a lo que todavía no tengo pero quiero. Termino no disfrutando ni lo que hay, ni lo que vendrá. Porque siempre quiero más. Quiero sentir el amor de la otra persona, el desearme de la otra persona, el buscarme de la otra persona. Ocurre que el otro también tiene sus propios tiempos, y el punto sería poder hacer que ambos tiempos coincidan en uno. Cedo yo, cedes vos. Se me viene de repente un concepto propuesto por Pedro Salinas muy interesante: “el autoconocimiento del yo a partir del tú”. Idea que refiere a la entrega del sentido de la propia existencia al ser amado, el poder que uno decide otorgarle al otro. De repente se me ocurre la idea de necesitar que la otra persona nos complete en algún punto de nuestra existencia, y tal vez si uno se conociera, se aceptara, se permitiera ser y desde esta aceptación busque al otro y establezca un vínculo… el mismo será más sano y maduro.

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Cuando pienso en las películas de Disney, en las películas de comedia romántica, en las películas de amor, pienso  que definitivamente soy una persona idealista en el amor que quiere conseguir tener su propia historia de amor de película. Ahora… de repente freno un instante y pienso de forma más realista en todas esas películas. ¿Es tan perfecto todo como creo, y como quisiera que sea mi historia? ¿Es todo tan simple y lineal como dos personas que se conocen, se gustan, salen, se enamoran y viven felices para siempre? Y la respuesta es no. No es lineal, no es todo perfecto, todo “ideal”. De hecho, los personajes de esos amores atraviesan obstáculos, dificultades, conflictos, discusiones, problemas, malentendidos. Además de diferentes tiempos, diferentes necesidades, diferentes ideas, diferentes expectativas. Sin embargo, todos tienen algo en común: son pacientes, apuestan, luchan, vencen. Gana el amor. Pero no todo siempre es fácil, no todo siempre es tal como queremos.

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Entonces, mi historia tal vez tiene un parecido con lo que veo en cine, en televisión, con lo que leo en los libros. Tal vez mi historia es más real que la ficción que me venden. Tal vez mi historia es más yo. Sólo es cuestión de apostar, apostar a lo nuevo, apostar al otro, apostar al vínculo. Sin miedos. Dejarse llevar, y caminar a la par, lo que no implica caminar sin  piedras.

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Si soy idealista en el amor… tal vez busco un amor ideal, pero tal vez el concepto de amor ideal es diferente al que siempre me acompañó. Aquí les comparto una idea que leí en internet y me pareció excelente y más que interesante, ojalá todos poder internalizarla y vivir el amor de esa manera. Que la disfruten.

“Te necesito para ser feliz”.  El amor idealizado, el amor que hemos aprendido a admirar es el amor de Romeo y Julieta, el amor de muero por ti y tú por mí. Pero la realidad es que no debemos morir por amor, debemos vivir amando, amándonos a nosotros mismos. Amando lo que somos cuando sentimos amor, cuando nos queremos y somos queridos. Sin excusas, sin cadenas, sin esposas. Es posible cambiar esto, sólo necesitas determinación. Para empezar, el objetivo que debes de plantearte es que ese “te necesito para ser feliz” debe transformarse en “no te necesito, pero te prefiero”, tal y como afirma Walter Riso.  La diferencia se encuentra en que si lo “necesitas” es que tienes unas carencias o déficits que la otra persona suple con su apoyo o su cariño; sin embargo, si lo “prefieres” tú lo eliges siendo una persona completa, sin vacíos.

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Kiss,

P.